A las petroleras no les gustan las políticas medioambientales. Así que están promoviendo las suyas

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Ha surgido un aliado inesperado en la lucha por gravar las emisiones de CO2: Exxon. Al parecer, la petrolera más grande del planeta va a destinar alrededor de un millón de dólares para convencer a los ilustres representantes del Congreso estadounidense de su necesidad.

Es un movimiento contraintuitivo: nadie esperaría que uno de los conglomerados privados más emisores del planeta promoviera un impuesto a las emisiones. Pero tiene cierto sentido. Exxon lo que quiere, en realidad, es moldear las políticas medioambientales a su gusto. Gran parte de la industria automovilística, extractora y minera ya ha llegado a la conclusión de que nuevas y gravosas regulaciones son inevitables. Así que se está movilizando para que se adecuen a sus intereses en la medida de lo posible. El movimiento de Exxon buscaría reducir daños, y sería lógico.

La propuesta ambiental de Exxon

Ofreciendo un esquema modesto. Su idea camina en líne a las planteadas por otros grupos conservadores, y plantearía un impuesto de $40 por cada tonelada de dióxido de carbono emitida. En gran medida, el pato no lo pagarían empresas enormes (Exxon vale $340.000 millones de dólares) y diversificadas como las grandes petroleras, sino la industria del carbón (de largo, la más contaminante). Les dejaría fuera del mercado, una opción golosa para Exxon.

Triunfe o no Exxon en el Congreso, lo cierto es que la idea de un impuesto a las emisiones goza de creciente popularidad en los círculos políticos y empresariales. Pese a los Acuerdos de París, las emisiones de la humanidad han ido al alza durante el último trienio. Como el reciente informe de IPCC señalaba, no estamos ni remotamente cerca de cumplir los objetivos pactados hace tres años. Las consecuencias serán calamitosas.

Para algunos analistas, un impuesto a las emisiones es insuficiente: como vimos en su momento, hay quienes reclaman una prohibición total de los combustibles fósiles para paliar los efectos del cambio climático. Es improbable que suceda. A pequeña escala, la batalla está en las calles: diversos gobiernos y ciudades luchan con denuedo contra los vehículos gasolina o diésel, sacándolos del entramado urbano o imponiendo moratorias.

Son alternativas más lesivas para los intereses de un gigante como Exxon.

Exxon quiere que a cambio de su apoyo a un impuesto a las emisiones goce de inmunidad judicial ante las múltiples y repetidas denuncias de municipios estadounidenses contra las petroleras. En esencia, les están llevando a los tribunales por daños irreparables al medio ambiente y a los ecosistemas locales. Si se generara jurisprudencia en su contra, las indemnizaciones serían millonarias. Exxon quiere ser inmune al proceso.

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